Transida

“Fatigada, acongojada o consumida de alguna penalidad, angustia o necesidad. Transido de hambre, de dolor.” Esta es la definición de la RAE de este concepto.

En la traducción que poseo de la novela ‘Cumbres borrascosas’ el personaje de Catherine Linton define así su estado tras la muerte de su primer marido.

“La señora entró fría como un carámbano y altiva como una princesa. (…) tenía la seguridad de que estaba transida.

-Estoy transida desde hace más de un mes – contestó recalcando la palabra tan desdeñosamente como pudo.”

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Esa es exactamente la situación en la que me quedé el lunes tras el repentino fallecimiento de mi abuela. El frío se instaló en mi cuerpo y no me abandonó en todo el día.

Hoy hubiese cumplido 86 años y Catalina Sáez murió como vivió: a su manera.

Habitualmente, en estos casos, sólo se habla de los buenos atributos personales, pero mi amama era mucho más. La definía un carácter de mil demonios (marca de familia) que hacía que un día fuese la persona más solícita del mundo y al siguiente no se aguantase ni ella misma.

Afortunadamente, tuvo la perspicacia necesaria para elegir como marido a una de las personas más pacientes del planeta, lo que hizo su vida muy llevadera.

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“Soy una descarada”, solía reconocer, “y tú has salido a mí”, me replicaba cuando discutíamos.

Su lógica atípica era, simplemente, desternillante. Entre sus mejores perlas destacan frases como “se murió de un mal muy grande” y “el problema de la playa es que hay demasiada arena”.

Presumida hasta la médula, en su guardarropa había gafas de sol psicodélicas, tacones, pieles acrílicas, bailarinas plateadas de lentejuelas (que posteriormente heredé) y una preciosa capa negra.

Nuestra relación siempre ha sido muy estrecha y solíamos convivir de dos a tres meses al año lo que, además de la típica abuela, la convertía en una mezcla entre amiga, hermana y madre.

Echaré de menos las cosas cotidianas como analizar nuestros respectivos morenos, sus reprimendas por bajar a las 12 del mediodía a la playa porque a esa hora “había perdido todo el sol” y elegir el modelito para cada noche (siempre coincidíamos en los ‘looks’ más estrambóticos y este era uno de sus favoritos).

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La tarde antes de su muerte me dijo que se iba a ir pronto y, bromeando, le pregunté que dónde, a lo que replicó: “lejos”. Espero que, allí, haya encontrado la paz que, a menudo, la rehuía. A mí, que me he quedado aquí, me ha dejado muy sola.

Sin título 3 - copia

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2 Respuestas a “Transida

  1. Un besito enorme y mucho ánimo, preciosa

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