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Abuelos

La semana pasada descubrí que existe el “Día de los Abuelos” y que se celebra el 26 de julio porque es el día que la Iglesia conmemora las figuras de san Joaquín y santa Ana, padres de la virgen María y abuelos de Jesús.

No voy a entrar a valorar la infinita cantidad de “días de” que existen en la actualidad, ya que el tema daría, por sí sólo, para otra entrada. Pero sí me gustaría unirme a la causa, porque siempre he creído que los abuelos desempeñan un papel fundamental en las vidas de sus nietos.

He sido muy afortunada por poder convivir y crecer con mis cuatro abuelos y este es mi pequeño homenaje a ellos.

Catalina y Eugenio y Marina y Julio

Por parte paterna mi abuelo Julio emigró de Galicia bastante joven para labrarse un futuro mejor. Recaló en Sestao donde conoció a mi abuela Marina y encontró trabajo en el astillero La Naval, en el que desarrolló toda su carrera profesional.

Julio y Marina eran una de esas parejas que se complementan. Él es de naturaleza callada y ella compensaba sobradamente sus silencios.

Aficionada a viajar, a la moda y sociable por naturaleza era la salsa de todas las fiestas. Hubiese disfrutado enormemente la época actual con la capacidad de movernos que tenemos. De ella he heredado mi tendencia a hacer preguntas de forma compulsiva (a veces parecen auténticos interrogatorios) y cierta afición por las telenovelas.

A sus ochenta y tantos años Julio sigue siendo un poco pesimista y una persona tremendamente interesada por la actualidad. Las tardes viendo Pasapalabra’ en su casa son dignas de experimentar, con momentos álgidos como su odiada prueba musical y el rosco final, que se emite a la vez que el inicio de su querido Teleberri en ETB2.

Marina y Julio

Por parte materna mis abuelos se conocieron porque eran vecinos en el mismo edificio de Sestao. Eugenio era una de las personas más pacientes que he conocido. De naturaleza tranquila y afable era difícil hacerlo enfadar.

Me gustaría poseer algo más de su capacidad de hacer frente a las adversidades y al sufrimiento con una actitud encomiable. Físicamente nos ha dejado, a mi madre y a mí, un color de piel envidiable.

Mi amama Catalina era un auténtico torbellino de altibajos emocionales que, en menor medida, yo también sufro. En sus días buenos el mundo era maravilloso y en los malos no había forma de sacarla de su negatividad. Compartimos un gusto por la moda un tanto extravagante, afición por ciertas series dramáticas y, sobre todo, gran parte de nuestro día a día. En su casa siempre había un plato de pasta en la mesa para los amigos que quisieras llevar.

Catalina y Eugenio

Desgraciadamente, Eugenio y Marina fallecieron cuando yo tenía 18 y 19 años, respectivamente, y Cata lo hizo cuando tenía 29 años. No hay día que no les eche de menos y que me pregunté qué opinarían ellos de un tema o de otro.

Sin embargo, y volviendo al inicio de mi entrada, he sido muy afortunada no sólo por tenerlos sino por convivir con ellos. He aprendido de sus historias, me he reído con sus salidas de tono (en general no se han caracterizado por un excesivo sentido de la diplomacia) y he compartido momentos inolvidables.